Feminicidios que no cuentan; Karen fue asesinada por su primo

  • Ricardo Valenzuela
  • 22 octubre, 2019
  • NOTICIAS
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Sacrisanta, la madre; Karen, la hija mayor, y Erik, el pequeño, eran muy unidos y les gustaba pensar en proyectos comunes a futuro, pero hace más de tres años, los planes cambiaron abruptamente. El asesinato de Karen, en Ecatepec, es uno de los casos que se investigaron y juzgaron como homicidio doloso, pese a las evidencias que indicaban que fue un feminicidio.

Eran una familia muy unida, pero la necesidad de dinero hacía que Sacrisanta Mosso Rendón dejara a sus hijos en casa para ir a trabajar en una cocina económica. Un día regresó de las labores. La puerta de entrada de la casa estaba cerrada con candado, ella no cargaba llaves. Esperó más de dos horas sentada en la banqueta, asumió que sus hijos estarían en la Feria Patronal de San Cristóbal, que se realiza en el centro del municipio cada año.

En varias ocasiones les habló por teléfono, les mandó mensajes y, al no tener respuesta, salió en búsqueda de Karen y Erik. A la medianoche regresó a casa y entró por una ventana. En el baño encontró sin vida a su hija. En una de las recámaras, al menor.

Karen solo tenía 17 años

Esta trágica historia sucedió el 4 de agosto de 2016. Karen estaba tirada boca abajo, con sus manos amarradas hacia atrás y tenía un cinturón enrollado en el cuello. La asfixiaron en un bote con agua, la golpearon y la violaron. A su hermano, el pequeño Erik, de 12 años, lo asfixiaron con una almohada.

Los duros y fríos datos

Según los datos arrojados por el Secretariado Ejecutivo del Sistema Nacional de Seguridad Pública (SESNSP), del 1 de enero de 2015 al 31 de marzo de 2019 se han contabilizado mil 258 carpetas de investigación por homicidio doloso contra mujeres tan sólo en Ecatepec –más de uno al día–; de ellas, mil 256 fueron con arma de fuego, arma blanca u “otro elemento”.

Lo que la propia Fiscalía local toma en cuenta para investigar los casos como feminicidios; por ejemplo, es que “a la víctima se le hayan infligido lesiones o mutilaciones infamantes o degradantes, previas o posteriores a la privación de la vida o actos de necrofilia”, así como la asfixia. Además, que “haya existido entre el activo y la víctima una relación sentimental, afectiva o de confianza”, y que “la víctima presente signos de violencia sexual de cualquier tipo”.

En el caso específico de Karen, quien estaba a unos días de entrar a quinto semestre en el CCH Vallejo, la persona que fue imputada y juzgada por su homicidio doloso, fue su primo. El joven, que tenía en ese momento 17 años, fue detenido en marzo de 2017, y en agosto se le declaró culpable de dos homicidios dolosos, con una condena de cinco años de privación de la libertad, la pena máxima que puede alcanzar un menor de 18 años, según la Ley Nacional del Sistema Integral de Justicia Penal para Adolescentes.

“No es justo, cometió actos muy graves, un feminicidio. Se le debería haber juzgado como adulto, porque los actos que cometió son de adulto. El sistema de justicia, acusa, es una gran ventaja para quien cometió un delito. dice entre sollozos la señora Mosso Rendón.

Varios colectivos y la señora Sacrisanta buscaron que la muerte de su hija se investigara como feminicidio y que se le juzgara como adulto. Para la madre, una sentencia mayor sería más justa, pero, sostiene, “lo justo sería que me devolviera a mis hijos”.

¿Homicidio o feminicidio?

En el Estado de México se castiga con 70 años de cárcel o prisión vitalicia, según sea el caso, a la persona que haya cometido un feminicidio, según el Código Penal de la entidad. “Que no se le dé oportunidad, lo están preparando para que rehaga su vida y se me hace injusto”, señala la madre.

Karen y Erik, ahora solo viven en la memoria

“Mis hijos tenían una vida feliz”, asegura su madre. “Siempre había una sonrisa en sus rostros”. La joven quería estudiar derecho porque quería ayudar a las mujeres.

“Sufrimos mucho, nuestros papás no nos entienden, nos gritan y nos maltratan cuando somos niñas. Cuando nos casamos, los esposos nos limitan y maltratan”, le repetía constantemente a su madre.

Karen, desde que estaba en la secundaria, fue muy estudiosa. Siempre fue de diplomas. Tenía sus metas muy fijas. “Lo iba a lograr, era madura, consciente. Soñaba con viajar a París. Tenía muchos sueños muy grandes”, asegura Sacrisanta, quien quiebra su voz al rememorar. Siempre fue muy unida con su hermano Erik. Se molestaban y llegaban a pelear como cualquier par de hermanos: “Era un gran apoyo para mí, para su hermano, nos repartíamos las obligaciones”.

Erik tenía 12 años, le gustaba jugar, bromear, era muy platicador, muy amiguero. Por todos lados tenía amistades. Siempre regalaban una sonrisa, “así los recuerdo, sonrientes, amables”. Estaba feliz porque iba a entrar a la secundaria.

Ante la necesidad de llevar el pan a la mesa, hacía que los hermanos convivieran y se cuidaran mientras su madre iba de sol a sol a trabajar.

A más de tres años de ese suceso, a Sacrisanta Mosso le da lo mismo comer o no. Confiesa que hoy encuentra poca motivación, “mi motor eran mis hijos, pero ya todo cambió. A esta altura de mi vida ya no están, me da igual comer…”.

A más de tres años de que “le arrebataran a sus hijos”, recuerda la promesa de Erik y Karen, aquella que decía que “nosotros nunca te vamos a dejar solita, siempre vamos a estar contigo, te vamos a ayudar, no te va a faltar nada”, Sacrisanta asegura que sí, que siguen y seguirán juntos.

Fuente: www.la-prensa.com.mx

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